Por eso Victoria todas las tardes escuchaba el tren y prendía una veladora en espera de que Juan tocara la puerta y regresara al hogar de donde había salido años atrás. Así pasaron casi dos años más, justo en el festejo del cumpleaños número 16 de su hijo el mayor, fue que se volvió a escuchar la misma monotonía del silbato del tren y las puertas de casas vecinas abriendo y cerrando con un gran alegría por la llegada de algún hijo que regresaba a casa sano y salvo. Victoria esperó a prender las velas del pastel porque algo en el corazón le decía que Juan ya había llegado. Y así fue, el sonido de la reja del patio y sus zapatos se dejaron escuchar como un preludio de su llegada. Victoria se arregló el cabello y se sentó en el sillón a esperar mientras Juan llegaba y abría la puerta. Y llegó Juan, pero Victoria ya no lo vio porque justo cuando la puerta se abría, Victoria se dio cuenta que su corazón no le anunciaba la llegada de Juan, sino un infarto fulminante del cual no regresaría jamás.
Donde brincan los enanos
Espacio periodístico y literario destinado para la creación y ejercicio sobre las cosas mundanas de un profesor al que solo le gusta leer y ocasionalmente, escribir.
Donde manda el corazón
Durante mucho tiempo esperó a que llegara el tren que le trajera de regreso a su esposo. Juan, pastor y reconocido hombre del pueblo, había partido años atrás, casi 4, en plena lucha revolucionaria y su regreso se había prolongado en la confusión de un pueblo que se levanta en armas contra el gobierno que no era gobierno. Victoria había criado a dos hijos sola en las que hubo noche de gallinas y noches de tortillas y frijoles. Sus hijos alcanzaban la adolescencia cuando una carta llegó en las manos de un vecino de un pueblo arriba: "Los extraño y ya estoy por regresar, solo espero que se arreglen las vías del tren porque no hay caballos ni burros, todos andan en la leva de la lucha armada".
Tacos de cabeza
El terremoto de Haití del 2010 trajo a muchos de sus habitantes a la capital. Acá llegaron con sus cuerpos delgados y su francés enredado para acomodarse en las calles. Acostumbrados al calor, se les veía en las calles sin camisa pidiendo dinero para poder comer. Pronto, la Ciudad tuvo mucha gente haitiana indigente, sin casa, sin comida y sin trabajo. Algunos aprovecharon sus cuerpos y se metieron a gimnasios a enseñar rutinas; otros, consiguieron novias y se les veía comer todo a lado de mujeres que pagaban un noviazgo de atractivas miradas sociales. Algunos más no lo pensaron y se metieron a las drogas, al flan (del solvente llamado resistol 5 mil en bolsa de plástico) y mataron el hambre y sus neuronas. Hubo uno que conocí, Jean Baptiste (que debe ser tan común como José en México) que se hizo taquero. Vendía tacos de cabeza en la esquina de Bucareli con largas filas de los trabajadores de altas horas, que se acercaban por un taco.
Jean Baptiste tuvo éxito y dinero. Pero poco duró. Alguien descubrió que los tacos de Jean Baptiste, si bien eran muy cotizados en la gente, no eran producto de la cabeza de la res, sino de los perros callejeros que había en la Ciudad. Cuando la policía lo detuvo, Jean Baptiste admitió la culpa y dijo que efectivamente, los canes eran hechos tacos. En entrevista con un diario de notas amarillas, Jean Baptiste fue claro: Yo probé una vez unos tacos y me encantaron. Cuando pregunté el tipo de carne, me dijeron que eran de perro; yo no mentí, puse en el anuncio "Tacos de cabeza" pero nadie preguntó de qué.
Congruencia
Cada noche llegaba por un café soluble y un pan. Vestido con tacones y falda, torso de hombre con chamarra de cuero y playera. Cada noche, saca de una bolsa de plástico monedas de su largo camino por las calles en espera de caridades y miedos: un centauro con pies de mujer. Y se sienta en la banqueta a darse un tiempo sagrado después de caminar. Nuestro centauro fue oportuno cuando le preguntan por su condición sexual: Soy hombre, dice, pero no tengo zapatos y estos tacones los encontré en la calle. Aún jodido debo ser congruente, los tacones exigen falda, nada más. Ser pobre no impide tener estilo. Dicho esto, sacó su termo y pidió su café
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